Crónica de un paseo por la antigua Jerusalén

on 31 marzo, 2015

Dejé inconscientemente las calles de la antigua Jerusalén para el final del viaje. Llevaba ya una semana en Tierra Santa y había cargado desde Barcelona guías y crónicas, el nº 56 de la revista Altaïr, artículos de la Wikipedia, el informe de la CIA World Factbook sobre Israel, mis referencias mediáticas y de la National Geographic, además de buenos consejos.

Esa era mi maleta documental, pero poco me la había mirado. Hice caso de lo que me dijeron: “Lo mejor que puedes hacer es acudir a esa ciudad sin prejuicios”.

Bueno, no fue del todo así. Durante los días anteriores, habíamos hablado con políticos, diplomáticos, periodistas, cooperantes, activistas, académicos, taxistas, refugiados y sobre todo, habitantes de ese complejo país. Con sus rostros y sus palabras me adentré dos veces en la ciudad vieja, trofeo envenenado, nudo central de este gran ovillo enredado en el tiempo, la política y la religión que es Tierra Santa.

Por la mañana, poco tardé en descolgarme del grupo en la primera incursión. Entramos por la Puerta de Damasco. Queríamos visitar la Cúpula de la Roca y la mezquita de al-Aqsa pero llegamos tarde, ya estaba cerrada a los turistas y reservada a los fieles. Sentí la necesidad imperiosa de recorrer sola los cuatro barrios de la antigua Jerusalén. Sola con mi juventud, mis ganas de aprender, mi “modo esponja”, son dios pero con mi cultura de herencia católica, mi cámara y un mapa inútil.

Para moverse por la Old City no se necesitan mapas. Lo más recomendable es perderse. Olvidar el plano y guiarse por los cinco sentidos y el corazón abierto. Basta con saber que en ella hay cuatro barrios. A partir de aquí, la transición entre ellos se manifiesta ante los ojos del viajero en los detalles.

Diferentes miradas, olores y alfabetos dibujan los límites difuminados entre los barrios judío, musulmán, armenio y cristiano. Dentro del casco antiguo, Dios va cambiando de nombre pero las piedras son las mismas y los ángeles son comunes.

Empiezo por el barrio de Jahveh. Me moveré más o menos en el sentido de las agujas del reloj. Antes de ponerme en marcha subo al mirador que permite contemplar el Muro de las Lamentaciones y allí, leo la crónica de Jaume Bartrolí sobre los cuatro barrios vistos desde la muralla. Me servirá de brújula.

Empiezo a recorrer las callejuelas judías, limpias, silenciosas, nuevamente reconstruidas después de 1948. Evito calles grandes, quiero ver por dónde se mueven los fieles autóctonos. En una de sus silenciosas esquinas encuentro a Abraham. Es un judío jubilado nacido en la Old City. Lleva orgulloso el nombre del patriarca. Ahora pasea las calles ya retirado. Se me ofrece como guía para recorrer su barrio a cambio de una ayuda económica. Le digo amablemente que no tengo intención de pagar y que prefiero recorrer las calles sola. Parece satisfecho con mi sinceridad, hasta la aprecia. Me sugiere un recorrido, se complace de nuestro encuentro, me colma de palabras bonitas mirándome a los ojos. Nos despedimos deseándonos encontrarnos de nuevo.

Sigo mi paseo hacia el sureste, descubro un patio donde sólo juegan niños judíos. A muchos ya les crece ese tirabuzón que tanto me inquieta. Mientras observo, unos niños empiezan a gritarme desde una terraza. Como estoy haciendo fotos, primero pienso que me están incriminando. Pero al poco entiendo que me pidien una pelota que se les ha caído. Intento hacérsela llegar pero otros niños me toman el relevo y en vez de devolvérsela la envían todavía más lejos. Igualmente, los primeros me dan las gracias. Toda! Thank you! Qué bien que todavía son niños por encima de todo.

Prosigo por el barrio judío y ya en la plaza de la Sinagoga Hurva, reconstruida en 2009, presencio la llegada de una procesión festiva. Parece una boda judía. En esta plaza todos parecen judíos menos yo. No comparto su alegría ni su devoción. Me limito a observar y poco después vuelvo a las calles secundarias en las que me siento más cómoda.

A los pocos minutos me doy cuenta de que he pasado al barrio armenio. No hay judíos pero sí conventos medio escondidos. Ya reconozco más esta iconografía. Salgo a la calle del Patriarcato Armenio, a los pies de la Ciudad de David, cerca de la Puerta de Jaffa donde comerciantes te paran para invitarte a su tienda a tomar té caliente e intentar venderte alguna baratija. Me paro a hablar con uno de ellos.

Yahia es árabe, también de Jerusalén de toda la vida. Con un té en la mano conversamos sobre la situación de la ciudad y del país en general. Se muestra pesimista y culpa a los judíos. “Los árabes no queremos problemas pero a los judíos les falta humildad, son egoístas y nadie les hará cambiar. Sólo pueden cambiar ellos mismos, los demás no podemos hacer nada” se lamenta. También él es guía. Además de llevar la tienda, organiza excursiones por la ciudad y los alrededores.

Sigo caminando, calle arriba, calle abajo, mirando, observando, tomando fotografías, evitando turistas… He venido a este país a eso: a conocer a su gente. Es más un viaje antropológico que turístico y me importan más las caras que las piedras, más una charla que la visita al Santo Sepulcro.

El resto de mi incursión diurna en la ciudad vieja transcurre con calma por el barrio cristiano y de nuevo hacia el musulmán, hasta reencontrar la Puerta de Damasco donde volveré más tarde.

Me espera una pausa intensa: nos encontramos de nuevo con el grupo en la terminal de autobuses. Nos vamos a Belén, de nuevo el muro, al checkpoint, al otro lado. Esta vez vamos al campo de refugiados de Dheisheh en Belén: 60 años de existencia acumulada y gente que ha nacido, crecido y muerto en él. Pero esto ya es otra crónica. Abandonamos el misticismo por unas horas. Volveré a Jerusalén de noche.

***

Por la noche, Jerusalén queda en manos de sus habitantes. El turista se retira a descansar, las calles comerciales cierran y las callejuelas se llenan de cuerpos sigilosos. Hay silencio y gatos por todas partes. En el barrio judío, las calles escondidas a medio camino entre el suelo y la muralla huelen a ropa limpia; en el musulmán, el bullicio deja paso al encuentro.

Jerusalén tiene muchos niveles hasta llegar a la gloria. Bajo los pies de los transeúntes descansan 3000 años de historia y canales subterráneos. Por sus calles transcurre el presente agitado de las horas diurnas mientras que en sus callejuelas elevadas, terrazas y azoteas hacen vida sus habitantes cuando se esconde el sol. Es el tercer nivel de Jerusalén, entre el suelo y la muralla, y ofrece una visión diferente de la ciudad a los que se cuelan por sus escaleras.

Esta es una ciudad capaz de elevar al visitante hasta lo más alto, algunos hasta acaban pensándose que encarnan algún personaje bíblico. Pero sus difíciles contrastes terrenales son un infierno. Paseo sus calles en silencio, acogida por las sombras y respetando la intimidad de sus gentes. Esto es viajar.

Y los niños, cuántos niños! En todos los barrios, por encima de toda religión, cuántos niños he visto hoy por calles! Ellos son el futuro. Ojalá crezcan sin miedos ni rencores y puedan jugar a pelota con sus vecinos. Esto cambiaría mucho las cosas.

Me dispongo a despedirme de la ciudad saliendo por la Puerta de Damasco. Me ha quedado mucho por ver y por hacer pero hay algo que me entristece más que el resto: no he subido a la muralla. Ya en la salida, me dirijo en inglés a un vendedor que recoge su puesto.

– ¿Sabe usted cómo se accede a la muralla?
– Por ahí, pero ya está cerrada
– ¿Y no hay manera de subir?
– No, tienes que esperar a mañana.
– Lástima, mañana ya me marcho y me entristece no haber podido visitarla.
– Bueno, ¿sabes saltar?
– Puedo saltar
– Mis hijos siempre se cuelan por un sitio y suben gratis. Si puedes saltar, te lo puedo mostrar. No te recomiendo subir ahora, puede ser peligroso.

El hombre me lleva de nuevo al interior de la muralla y por una calle me muestra el acceso que sube a la puerta de Damasco. Mientras vamos para allí, la eterna pregunta.

– ¿De dónde eres?
– De Barcelona.
– Ay! Yo soy del Real Madrid!
– No hay problema, los dos son buenos, no tengo ningún reparo con ellos (le sonrío)

Una vez delante del acceso cerrado el hombre me enseña dónde tengo que poner los pies para saltar por encima de la verja. Me aguanta las bolsas mientras trepo por la pared imitando los pasos que me ha descrito. Desde arriba, me devuelve las bolsas y me mira divertido.

– Ve con cuidado, (me repite) de aquí sigue hacia arriba hasta la siguiente puerta y allí salta de nuevo.
– Shukran (lo miro y le sonrío de nuevo agradecida y con el corazón acelerado)
– Ahora ya me cae un poco mejor el Barça (se despide).

Sintiendo las palpitaciones en el pecho, salto la segunda verja y accedo a la muralla. Los tejados de la ciudad vieja se extienden debajo de mi vista. Contemplo la panorámica como un regalo a mi osadía. A mi misma altura, dos mujeres me observan también divertidas desde un balcón. No parece que les parezca mal lo que estoy haciendo. A mi tampoco. “Ve con cuidado” me dicen ellas también.

Y mirando sus calles con un poco de perspectiva me despido de esta antigua ciudad. Jerusalén de noche bajo las estrellas, silencio luces y sombras y unos metros de muralla para mí sola con sus oscuras esquinas. Una despedida privada e íntima de la capital de la discordia. Una barcelonesa atea y curiosa que ha sucumbido como el resto de mortales al agridulce aroma de este laberinto intramuros.

Recorro en silencio el tramo de murallas hacia el norte hasta llegar a la Puerta Nueva, absorbiendo cada paso. Allí, un hombre me observa con cara de reprimenda mientras sorteo los barrotes con descaro. Cómo se nota que hemos cambiado de barrio.

Así salgo de la Jerusalén antigua. No se me ocurre mejor manera de despedirme de esta ciudad que saltando un muro. Aquí, más que en otros lugares, el simbolismo pesa más que las piedras.



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