San Petersburgo: 3 días en la Rusia más cosmopolita

on 16 marzo, 2015

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Aunque su nombre no le hace buena publicidad, la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada es una de las visitas obligadas.

San Petersburgo es, por muchas razones, la ciudad más cosmopolita de Rusia. Fue fundada por Pedro el Grande, un zar que gobernó intentando modernizar y occidentalizar Rusia, y de quién la ciudad recibe el nombre. Durante los dos siglos en que fue capital, San Petersburgo pasó de ser una zona rural a una de las capitales más majestuosas del viejo continente.

Sin embargo, más tarde sería también el emblema de la revolución soviética. Aquí se destituyó al último zar, Nicolás II, y se instaló en su lugar un gobierno provisional de soviets, formado por un consejo de trabajadores. Aunque fue Lenin quién decidió volver a trasladar la capital a Moscú, para alejarla de los frentes germánicos, la ciudad recibió el nombre de Leningrado en su honor hasta la caída de la URSS.

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Una estatua de Lenin preside la casa de los soviets, concebida para acoger la sede de gobierno antes de que fuera trasladado a Moscú.

¿Cuándo ir y qué hacer?

Sin ninguna duda, lo más recomendable es visitarla en verano. Durante los meses de junio y julio, el sol prácticamente no se pone, dando lugar al fenómeno de las noches blancas: la puesta y el amanecer se confunden. A pesar de ser una ciudad nórdica, los termómetros pueden subir mucho en verano, así que hay que ir preparado como si uno se fuera a las Canarias. ¿Qué hacer si tenemos tres días para visitarla?

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La Avenida Nevsky, de más de cuatro kilómetros de largo, es el eje central de San Petersburgo.

Día uno: centro histórico

Con más de cuatro kilómetros de longitud, la Avenida Nevsky (Nevsky Propsect) estructura el centro de San Petersburgo, compartiendo nombre con el río Neva. A través de esta amplia Avenida se llega a los principales puntos de interés, como la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada, y pese que su nombre no invita a visitarla, resulta imprescindible.

Construida en el lugar donde fue asesinado el zar Alejandro II, esta iglesia recuerda la Catedral de San Basilio de Moscú por sus muros rojizos y sus distintas cúpulas decoradas con mucho colorido. Al contrario que las iglesias cristianas, de colores lúgubres y poca luz, las iglesias ortodoxas son de colores vivos que llaman la atención del creyente y del visitante. Misterios de la vida, dicen que sobre esta iglesia cayó una bomba en la Segunda Guerra Mundial, que ha permanecido intacta dentro de la iglesia cerca de dos décadas hasta que fue hallada por un peón durante unas obras de restauración.

Al otro lado de la Avenida Nevsky encontramos dos iglesias enormes, ambas de estética neoclásica. Por un lado, la Catedral de Kazán, consagrada a la Virgen de Kazán, el icono más venerado de Rusia y que genera unas colas considerables para pedirle cosas varias. Más al norte se alza la Catedral de San Isaac, la iglesia ortodoxa más grande del mundo, del que destaca una cúpula para la que se utilizaron más de 100 kilos de oro.

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San Isaac es la tercera catedral europea por tamaño, sólo después de el Vaticano y de Saint Paul en Londres.

Volviendo a la Avenida, se llega hasta el río Neva, convertido en una playa durante los meses de verano. Los autóctonos aprovechan en verano cada hora de sol para tener energía en invierno, cuando las horas de luz son escasas. Cruzado el río, con unas vistas impresionantes del Museo Hermitage (no impacientarse, lo dejamos para el día dos) se llega hasta la Fortaleza de San Pablo y San Pedro. Que nadie se dé prisa solo para llegar a ver esto, porque si bien es la semilla sobre la que se levantó la ciudad, hoy sus alrededores le han superado de mucho.

Día dos: Hermitage y ruta por el metro

Probablemente el edificio más famoso de San Petersburgo sea el Palacio de Invierno, residencia de los zares durante el tiempo en que San Petersburgo fue la capital. Preside la Plaza del Palacio, una explanada tan gigantesca que corta el aire, y en la que únicamente hay una columna con un significado que no queda muy claro. Aunque probablemente se visite de día para entrar en el museo, merece también una visita de noche por su iluminación.

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El imponente Palacio de Invierno, antigua residencia del zar, es hoy uno de los seis edificios que acoge el museo Hermitage.

El Palacio de Invierno, junto con cinco edificios más, acogen el Hermitage, uno de los mayores museos del mundo. Cuenta con más de tres millones de piezas que van desde esculturas griegas hasta joyas vikingas, pasando por pinturas orientales y occidentales de distintas épocas, aunque no están todas expuestas. Esta colección se concibió a partir de las colecciones privadas de los distintos zares, pero especialmente de Catalina la Grande, que dedicó parte de su ingente patrimonio a hacer de mecenas. Aunque probablemente se necesitarían semanas para ver toda la colección, el tiempo medio está entre cuatro y cinco horas.

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La plaza del palacio, centro de San Petersburgo, vista desde el interior del Hermitage.

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Detalle de una lámpara de araña en el interior de una de las salas del Hermitage.

Después de la masterclass de historia del arte, y para relajar un poco las neuronas, proponemos una ruta por distintas estaciones de metro. En Rusia, las redes de metro están muy desarrolladas: Stalin aplicó ambiciosos planes para ello primero en Moscú y después en San Petersburgo. Sus estaciones históricas no solo ofrecen un servicio asequible en precio (30 cts el viaje) y eficaz (pasa un metro cada minuto) sino que además constituyen auténticas obras de arte. Aunque son de estilos distintos, la temática siempre es la misma: la grandiosidad del triunfo del régimen soviético y el ensalzamiento del trabajo de los obreros.

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La parada de metro Avtovo (Línea 1), hecha de columnas de vidrio y mármol blanco, merece una visita aunque no es de las más céntricas.

Día tres: Visita a los palacios de los zares

En los alrededores de San Peterburgo los zares se construyeron obscenas residencias veraniegas, hechas de conjuntos de palacios y palacetes. La visita obligada se la disputan básicamente dos: el palacio de Catalina II en Pushkin, en el sur de la ciudad, y el Palacio de Peterhof, al oeste, siguiendo la orilla del Golfo de Finlandia.

El palacio de Catalina II destaca por la Cámara Ambar, una lujosa habitación que fue toda construida con este mineral, del que se dice que su precio entonces era doce veces superior al del oro: no sorprende que los sóviets decidieran rebelarse. Está a unos 20 km del centro y se puede llegar allí en bus.

Por su parte, Peterhof, conocido como el Versalles ruso, merece una visita sobre todo por sus jardines, con el complejo de fuentes más grande del mundo y un canal que desemboca al Golfo de Finlandia. Está a unos 30 km del centro y es accesible mediante unos ferry express. Preparad la cartera porque tanto el transporte como la entrada pican mucho en los dos casos, pero vale la pena ver al menos uno de ellos.

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La Gran Cascada, situada en las escaleras de acceso al palacio, es una de las muchas fuentes de los jardines de Peterhof.

Saber moverse en San Petersburgo

Sin entrar en detalles sobre el entramado de líneas de metro, bus y tranvía, que funciona con bastante regularidad, hay que advertir al viajero sobre una cuestión: el enorme tamaño de los edificios y de las calles de San Petersburgo condiciona la forma de moverse por esta ciudad. Lo que en el mapa parecen cinco minutos puede convertirse en una larga travesía.

A pesar de ser estar cargada de fenómenos históricos, hoy Piter, como la conocen coloquialmente los rusos, es una ciudad moderna, con una actividad frenética y sin interrupciones: supermercados, restaurantes e incluso tiendas de souvenirs están abiertos 24 horas, 7 días a la semana. Medvédev y Putin, los dos nacidos en esta ciudad, no dudan en presumir de ella.

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